jueves, 10 de noviembre de 2016

La matrona y el primate que dejó los bosques





The skeletal structure of a human being (left) and of a gorilla (right). Several differences allow the human being to walk erect on two legs with a striding gait rather than move in a knuckle-walking fashion like the gorilla. In the pelvis these differences include shorter ischia, a broader sacrum, and broader, curved-in ilia with a lower iliac crest. In the legs the femurs (thighbones) are relatively long and are set farther apart at the hips than they are at the knees.Probablemente un cambio climático obligó a algunos primates primitivos a abandonar los bosques e intentar una vida sobre el suelo firme hace 15 millones de años (1). La pelvis era entonces similar a la de los grandes simios actuales: predominio de la altura sobre la anchura, fosas ilíacas orientadas en el plano coronal, el estrecho superior fuertemente inclinado, casi vertical, y un amplio estrecho inferior. Desde un punto de vista mecánico, esta pelvis primitiva de los primates cuadrumanos solo debe sustentar la mitad del peso corporal que tendría que soportar en bipedestación. Los homininos se caracterizan porque pueden mantener la postura erguida y una deambulación cómoda sobre las extremidades inferiores, pero para ello han sido precisos cambios morfológicos: la rotación necesaria en los ejes corporales comportó cambios en la pelvis y es muy probable que las trasformaciones que llevaron al bipedismo empezasen justamente en esta región esquelética (2).
En los bípedos el centro de gravedad del cuerpo tiene que pasar por el centro pélvico, lo que se facilita manteniendo la cadera  extendida con relación al fémur y desarrollando los músculos de la región glútea, donde se sitúan los músculos extensores de la cadera. De esta manera se mejoran las posibilidades dinámicas y la rapidez de movimiento de unas largas extremidades inferiores (3). Si la pelvis permaneciera como en los primates podríamos deambular sobre dos pies pero caminando con un balanceo lateral  lo que restaría “elegancia” y, sobre todo, eficacia  a los desplazamientos.
El aumento en la anchura de la pelvis, por tanto, parece que fue necesario para mantener la postura erguida –hecho que ya se percibe en Australopithecus- y permitió albergar un feto con mayor tamaño cefálico. Sin embargo, este último proceso parece avanzar “tan rápido” en la escala evolutiva que la naturaleza ha tenido que adelantar el parto de los homínidos. Según Joselovsky (4) el desarrollo fetal necesitaría de 16 meses de gestación para aproximarnos a la madurez del recién nacido de otros primates. 
En monos, el cerebro alcanza en el momento de nacer el 70% de su desarrollo, que se prolonga hasta un año después. En humanos, se calcula en un 28% el nivel del desarrollo cerebral en el feto a término. Tras el nacimiento, hay un rápido crecimiento en los 6 primeros años de vida y alcanza su desarrollo total hacia los 23 años. Parece que estos hechos explican de algún modo la infancia y la adolescencia prolongadas como características de nuestra especie.
El bipedismo, por tanto,  modifica la morfología pélvica, pero el avance y la ventaja que suponen esas modificaciones para el tamaño cefálico  “castiga  a la hembra con horas de doloroso parto”  (1).
El parto en otros primates es mucho más sencillo porque el feto es comparativamente más pequeño y tiene que recorrer un canal rectilíneo, con la vagina y la vulva orientadas hacia atrás, en el mismo sentido en que se produce el avance fetal. En la especie humana, la posición de la vagina se ha hecho más anterior (lo que facilita las relaciones sexuales cara a cara y, por tanto, el carácter emotivo y sentimental de las mismas) y  el útero ha tenido que “doblarse” hacia adelante -ángulos de anteversión y anteflexión- definiendo un canal del parto de trayecto angulado que supone una dificultad añadida a las ya estrechas dimensiones del mismo. 
La propia naturaleza ha buscado soluciones: huesos con suturas más blandas que permiten el cabalgamiento para reducir unos milímetros los diámetros de la cabeza fetal y  un nacimiento “precoz”, con un feto comparativamente inmaduro que necesita un período “extra” de desarrollo extrauterino. La presentación fetal, habitualmente la cabeza, ha de rotar para ir buscando los diámetros más favorables de la pelvis verdadera.
Según JL Arsuaga, director científico del museo de la Evolución Humana de Burgos, el hecho de un parto difícil  ha podido ser mantenido evolutivamente por la especie dado  el “carácter social”  que caracteriza el parto humano (5). A diferencia de otras especies, la mujer necesita ayuda para parir, por lo que el parto involucra a más personas que la madre. Además, el hecho de que el recién nacido sea más desvalido que en otras especies, implica la necesidad de una relación materno-filial más afectiva e intensa.   
En resumen, parece ser que bipedismo conlleva modificaciones en la pelvis que, a su vez, permiten el incremento en el tamaño cerebral fetal pero que este aumento nos ha llevado a un parto comparativamente más difícil y complicado en el que la madre necesita la ayuda física y emocional de su entorno familiar y social. La profesionalización de estos cuidados explica el origen y el mantenimiento de las profesiones obstétricas a lo largo de toda la historia de la humanidad.  Visto así, ya no parece tan sorprendente el título de este post.

Autor: Dr. Pedro Martín Villamor. Profesor Titular en la Universidad de Valladolid (España)

Bibliografía
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1.
Morris D. The naked ape: A zoologist study of the human animal London: Vintage books; 1967 (original) 1999.
2.
Cela-Conde CJ, Ayala FJ. Senderos de la evolución humana Madrid: Alianza Editorial- Alianza ensayo; 2001.
3.
Harris M. Introducción a la Antropología General. 7th ed. Madrid: Alianza Editorial; 2004.
4.
Joselovsky A. Craneoencefalización y embarazo exterior. [Online].; 2009 [cited 2016 10 9. Available from: http://www.arieljoselovsky.es/index.php/antropologia-evolutiva-de-la-postura.html.
5.
Arsuaga JL, Martínez I. La Especie Elegida. La larga marcha de la evolución humana. 62014th ed. Barcelona: Planeta-Ciencia; 1998.
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