viernes, 27 de enero de 2017

Qué tan cerca estamos de conocer los adolescentes desde la sexualidad...Una aproximación desde la Enfermería transcultural

Por la Dra.Zaida Colmenares. Profesora Enfermería de la Universidad de Carabobo y profesora invitada de la  ENEO-Universidad Autónoma de México


Los Adolescentes y su sexualidad han preocupado a la sociedad occidental, en especial a sus adultos, desde principios del siglo XX, cuando comienzan a ser pensados y visualizados como "problemas". Los discursos que sobre ambos universos circulan en la sociedad, responden a lógicas de sujeción y control que han permitido construir ambas categorías desde la estigmatización. Frente a ello y acompañando tal proceso, las ciencias en general, las han tomado como objeto de análisis, y la antropología aplicada a las ciencias de la Enfermería ha jugado un papel precursor señalando el carácter construido de las mismas. A los fines de conocer de cerca a los adolescentes, resulta interesante, reconocer los estigmas aplicados a los adolescentes y a su sexualidad, refiriendo diferencias generacionales en su tratamiento.
Sin proponérmelo, mientras comenzaba a introducir los primeros comentarios referentes a los adolescentes, al tipear ―Adolescentes, clickée el mouse y aparecieron sinónimos: nuevos, frescos, recientes… Me quedé mirando estas palabras que emergían en la pantalla y un montón de ideas comenzaron a movilizarme: ¿Qué es lo "nuevo" en los Adolescentes?, ¿es reciente la juventud?, ¿por qué "fresco" como adjetivo para describirlo o calificarlo?... Vuelvo a comentar aquí el proceso producido durante el siglo XX de emergencia de los Adolescentes como grupo social diferenciado; el mismo ha sido exhaustivamente descripto por numerosos sociólogos, historiadores y antropólogos (Ariès, 1962; Hobsbawn, 1994; Feixa, 1996; Calazans, 2000), quienes explicaron las lógicas burguesas y de mercado que posibilitaron la emergencia de ―la adolescencia  y de la idea de "moratoria social” asociada a la misma.
Una aproximación desde la Enfermería transcultural es a través de la Antropología. La relación entre antropología y edad puede abordarse desde tres perspectivas básicas: (Keith, 1980 citado por Feixa, 1996): La edad en las ciencias sociales, trata de indagar el papel asignado a las agrupaciones basadas en la edad en la historia de la disciplina, fundamentalmente a partir de la comparación intercultural; La antropología de las edades trata de realizar estudios sobre grupos de edad específicos en distintas sociedades, lo que conduce a aproximaciones de tipo esencialmente etnográfico y holístico; La antropología de la edad, posibilita la existencia de las distintas generaciones: Generación alude a las condiciones históricas, políticas, sociales, tecnológicas y culturales de la época en que una nueva cohorte se incorpora a la sociedad. Cada generación se socializa en la época en que le toca nacer y vivir: internaliza los códigos de su tiempo y da cuenta del momento social y cultural en que cada cohorte ingresa a un sector social determinado (Margulis, 2001: 42).
La aparición de los Adolescentes en el escenario social de las sociedades modernas, como un grupo al cual se le adscriben roles, funciones, acciones y significados, se ve acompañada de determinados estereotipos que han creado sobre ellos un estigma (el cual muchas veces han sabido convertir en emblema). Su referencia como generación, implica reconocer que los Adolescentes se han construido en relación a los ―adultos de sus sociedades y culturas a través de la oposición, el enfrentamiento y también mediante el consenso (Balandier, 1975; Leach, 1989; Willis, 1988; Elías, 1998; Chaves, 2007), sin perder de vista que:

Las características de cada edad se definen en el marco de relaciones de poder con las otras, constituyéndose así un sistema complejo en el que los diversos grupos sostienen vínculos de complementariedad y conflicto pues está en juego el acceso a recursos. Cómo es la juventud en una sociedad no puede definirse independientemente de cómo se configura la adultez en esa misma sociedad. En torno a cada una de estas edades “sociales” se construye un sistema de prácticas y representaciones que involucra roles, expectativas, experiencias y actividades adecuadas, e instituciones encargadas de controlar, normalizar o eliminar las desviaciones a las mismas. En el caso de los jóvenes estas instituciones suelen estar controladas por los adultos (Adazko, 2005:39).

Desde esas tensiones, surgen rótulos estigmatizantes hacia los Adolescentes, los ―adultos  producen discursos que circulan en la sociedad en general, y en los medios de comunicación en particular; el Adolescente es presentado como un ser inseguro de sí mismo y de los demás, se legitima la intervención sobre su vida, para mostrarle el camino, para hacer por él, enfrentándolo a un modelo de adulto dueño de sí mismo, es decir seguro, cumplidor de las normas, la sociedad encuentra en la juventud el espacio social donde depositar al enemigo interno

Los estigmas aplicados a los jóvenes devienen de diferentes ámbitos y discursos, que se complementan en la negación y negativización de los jóvenes. Sostiene que la juventud está signada por «el gran no», es negada (modelo jurídico) o negativizada (modelo represivo), se le niega existencia como sujeto total (en transición, incompleto, ni niño ni adulto) o se negativizan sus prácticas (juventud problema, joven desviado, tribu juvenil) y entre las diferentes formaciones discursivas y representaciones tratadas por la autora, se interpreta que las miradas hegemónicas sobre la juventud latinoamericana responden a los modelos jurídico y represivo del poder.

Los modos de represión y silenciamiento de los Adolescentes, implican a su vez, su reconocimiento como actores sociales, cuestión que se produce en el periodo de posguerra del siglo XX y emerge abruptamente en las décadas del 60´ y 70´, cuando los Adolescentes aparecen en todo el globo embanderados en fuertes proclamas políticas e ideológicas, irrumpiendo en el escenario social, discutiendo el rol que se les había asignado y recreando a través de su música, estilos, consumos y prácticas sexuales, nuevas maneras de ―ser Adolescente. Así, durante el siglo XX, las diferentes manifestaciones realizadas por los adolescentes se constituyeron en objeto de análisis de la antropología, que en diferentes etapas y contextos, por medio de aproximaciones etnográficas y estudios culturales, buscará conocer características y particularidades de esos adolescentes. En este fragmento de la lectura es propio repensarnos en base a todos los estudios realizados acerca de los adolescentes y su sexualidad, ¡Realmente que tan significativos han sido en sus resultados? Responden a su verdadera percepción? Estamos cerca de responder su repuestas en la sexualidad? Que tan cerca estamos en conocerlos? Corresponde a las Ciencias sociales, dar repuestas a estos señalamientos, soy parte de las ciencias de allí mi inquietud a ser aplicadas a las ciencias de la enfermería en busca de conocer de los adolescentes su sexualidad.

En nuestro país, el estigma y la negativización se han constituido en diversas formas de negación de los adolescentes, que no se efectuó sólo en discursos, sino también en acciones, mediante la toma de medidas políticas en algunos casos (sean estas represivas o no) o de su ausencia en otros. Esta serie de acciones y discursos activados por los ―adultos a cargo en general, y por el Estado en particular, produjo un alejamiento y expulsión de los grupos jóvenes que fue desarrollándose durante la segunda mitad del siglo XX y hemos sistematizado en tres momentos:

En un primer momento, desde mediados de los sesenta, hasta parte de los ochenta, los jóvenes fueron designados como ― “subversivos. Sus ideas y proclamas políticas eran demonizadas por no ser funcionales a los intereses del sistema político implantado en el territorio..

El segundo momento, el cual se inicia en los noventa y se profundiza durante los años que rondaron la crisis de 2001, se caracterizó por la ―expulsión al viejo mundo. Se instala en nuestro país la idea de que los adolescentes no tienen oportunidades económicas y profesionales certeras en el territorio nacional y comienza una migración de nietos a la tierra de sus abuelos: considerados como ―mano de obra barata, ―sudacas, inmigrantes en sus territorios originarios. Irán a hacer allá lo que sus abuelos vinieron a hacer aquí hace más de ochenta años. Esto no con vistas de buscar nuevos horizontes, conocer otras culturas y modos de vida, sino con la idea de vivir ―un poco menos peor, ―hacer plata, ―poder vivir (porque ―acá no se puede), en síntesis, ―ir a hacerse la Europa. Se da entonces una migración de Adolescentes, caracterizada a veces por la ―estacionalidad, que permite ir y venir sin que el desarraigo sea completo. La migración territorial no es abrupta y definitiva, como lo fue en el mundo de posguerra, sino que es más flexible y aleatoria.

Este proceso se dio especialmente entre los jóvenes de sectores medios, pero en la misma década, los jóvenes de sectores de pobreza estructural de nuestra sociedad, experimentaron otros procesos, como la exclusión del mercado de trabajo y del ámbito educativo, y el incremento de la vulnerabilidad en su día a día. Los datos presentados por el INE en el año 2001 mostraban que sobre 9 millones de jóvenes de entre 15 y 29 años de edad: el 39, 9 % asistía a un establecimiento de educación formal, el 56,5 % era parte de la población económicamente activa (de ellos 578.000 jóvenes estudiaban y trabajaba y casi 2. 469.076 solo trabajaban) y el 44,0 % poseía cobertura médica. En términos generales, más de la mitad de la población joven trabajaba y no accedía a educación formal y cobertura de salud (Fuente: INE 2001)

En el tercer momento, que estamos transitando, el escenario presentado a nivel mundial se ha caracterizado como ―lo líquido e inestable (Baunman, 1999, 2007), lo in- incentivable, los pibes del 2000: ―cyber boys, ―anómicos, a quienes según los adultos ―nada les motiva, ―no saben y no pueden resolver. De esa percepción, se impone la idea de que los adolescentes son seres triviales, centrados en el consumo de estéticas y tecnologías y que no tendrían nada importante que decir ni aportar a la sociedad. En esta coyuntura, la confrontación entre las generaciones parece adquirir la forma de la incomprensión. Incluido en este proceso, emergen las denominadas ―tribus urbanas; tanto en los discursos académicos como en los mass media (Feixa, 1996; Margulis 1997).

Parece ser que si bien los adolescentes habitan las urbes no son civitas, en esa concepción subyace un modelo de análisis y designación del otro aún latente, presto a ser activado: ―esta visión contiene una fuerte carga evolucionista (…) y remite los agrupamientos juveniles a un tipo de organización social de ―menor valor en el ―desarrollo de las sociedades ya que la tribu es en el imaginario hegemónico la organización de los salvajes y los bárbaros. Por lo tanto los adolescentes quedan vinculados a ―esos estadios previos de la civilización, el antepasado primitivo. Nuevamente los adolescentes son vistos como seres no completos, en proceso de ser, y estas representaciones se articulan maravillosamente en el sentido común (no en su autor original) al discurso del adolescentes como individuo peligroso, a la mirada desde la patología social y el pánico moral. Civilización o barbarie (Chaves, 2005:42).
Estas designaciones hacia los jóvenes, ―bandas” en los 50´, 60´, 70´ y “tribus” contemporáneamente, denotan que los adolescentes fueron/eran/son funcionales a la civilización (o al sistema) pero nunca han sido ―civilizados, ya que este adjetivo corresponde al hombre blanco, occidental y adulto. ¿No han sido acaso la adolescencia y la juventud un producto de ese ser ―civilizado?.

Esta representación de los jóvenes, por lo que aún no son, se explica en parte a partir de la idea de moratoria social. La misma se vincula con la necesidad de ampliar el período de aprendizaje, y refiere, sobre todo, a la condición de estudiante. Se la piensa como una etapa que media entre la maduración física y la madurez social, y no alcanza a la totalidad de la población de cierta edad sino que remite a las clases medias y altas, cuyos hijos realizan estudios de nivel medio primero y de educación superior. Además, la moratoria implica una postergación del matrimonio y del ingreso en la actividad económica, asociándosela con una definición implícita de juventud, que tiene su límite superior o techo en la etapa en que la que se cumple con otros mandatos sociales: formar un hogar, obtener ingresos económicos propios, casarse e iniciar una nueva familia.

 De lo dicho se desprende que ― tan cerca estamos de conocer a los adolescentes y su sexualidad‖ es un concepto que excluye de la condición de juventud a un gran número de adolescentes, a aquellos que económicamente no poseen las características descriptas y que tampoco, en el plano de los signos, responden a la imagen que se intenta imponer como símbolo de juventud en la sociedad. Los estudios a los adolescentes y sexualidad ocupan cada día más a los investigadores, a donde dirigir los estudios, para poderlos conocer: mi propuesta está en los estudios etnográficos, los grupos focales.. Entonces, contrario a preguntarnos ¿quién tiene el saber sobre la sexualidad?, intentaremos comprender la dinámica y relaciones existentes entre los distintos saberes:
-―el saber de los y las adolescentes.
-―el saber de los adultos sobre la sexualidad
-―el saber que se produce y circula en las instituciones y en las políticas (escuelas, familias, iglesias, servicios de salud y Estado).
-―el saber que se trasmite en los medios de comunicación

Vamos, por tanto, dar cuenta de los espacios, instancias y modos, en los que la sexualidad de los Adolescentes es considerada socialmente, vinculando estas cuestiones con la concepción, regulación y tratamiento de la misma en las políticas públicas y en las instituciones.

El abordaje, la sexualidad en los adolescentes de los Adolescentes han sido negativizados por la sociedad. Los discursos modernos que refieren a la sexualidad no son represivos en si mismos, sino que son intencionales y polifónicos, en el sentido de que en todos lados, en múltiples espacios, instituciones y grupos sociales, se remite a ellos. Al referirse a la sexualidad, el discurso suele darse de un modo tácito, intersticial y homogeneizante,asignándoles significados acordes a la  reproducción del orden socioeconómico. Desde la modernidad, no se ha evitado hablar de sexualidad, sino que se ha dicho mucho y no inocentemente:

Todo a lo largo del siglo XIX, el sexo parece inscribirse en dos registros de saber muy distintos: una biología de la reproducción que se desarrolló de modo continuo según una normatividad científica general, y una medicina de sexo que obedeció reglas muy distintas de formación. Entre ambas, ningún intercambio real, ninguna estructuración recíproca; la primera, en relación con la otra, no desempeñó sino el papel de una garantía lejana, y muy ficticia: una caución global que servía de pretexto para que los obstáculos morales, las opciones económicas o políticas, los miedos tradicionales pudieran reescribirse en un vocabulario de consonancia científica. Todo ocurriría como si una fundamental resistencia se hubiera opuesto a que se propusiera un discurso de forma racional sobre el sexo humano, sus correlaciones y sus efectos. Semejante desnivelación sería el signo de que en ese género de discursos no se trataba de decir la verdad, sino sólo de impedir que ésta se produjese (Foucault, 2008:55).

La ciencia ha tenido un rol destacado en la producción de discursos sobre sexualidad. Desde las ciencias sociales se han generado diversos abordajes de la misma; encontramos tanto enfoques universalistas como particularistas, algunas explicaciones históricas y otras orientadas a comprender las diferencias sociohistóricas en la sexualidad de los distintos grupos humanos.
Las diferencias entre el modo en que occidente ha pretendido regular la sexualidad de los adolescentes y las características de este proceso en otras culturas. En numerosos grupos sociales lo que ha caracterizado a los grupos de edad considerados ― adolescentes es la activación de las funciones productivas y reproductivas. Cuando el desarrollo del individuo indicaba que el adolescente estaba en condiciones de procrear y reproducirse, debía demostrar que podía producir los medios para su existencia, aprendiendo las labores y habilidades correspondientes. En ese período estaban permitidos los actos sexuales y la diversión, los cuales también se consideraban instructivos para poder conformar y sostener una familia. En occidente en cambio, durante la modernidad, la moratoria social desliga al adolescentes de sus funciones productivas, pretendiéndose también que el mismo se demore en sus funciones reproductivas. El hombre adulto del siglo XX ha podido dilatar su reproducción por medio de la anticoncepción, pretendiendo que también los adolescentes retarden la manifestación de sus relaciones afectivas y la experimentación del placer. Se le ha pedido al joven que espere para comenzar a tener relaciones sexuales a ―ser mayor, ―hasta el matrimonio, a ―estar convencido, etc. Sobre todo en los sectores medios y altos, la improductividad económica se pretende que vaya acompañada de una demora en la experimentación de la sexualidad y sobre todo (y lo más importante) de la reproducción.

Trastocar este precepto podría conducir a la ―obturación del proyecto de vida deseado o esperado, al menos del de los adultos a cargo, vulnerando la moral de la sociedad. En ese sentido, Michel Foucault, en ―El uso de los placeres” (1984), ha definido al ―código moral, como un proceso mediante el cual se instaurarán en la sociedad una serie de obstáculos morales que contribuyen a la conformación de la moral de una sociedad que regulará los discursos y las prácticas sobre sexualidad, que está presente en todos los ámbitos de la vida y es el fundamento de muchos de ellos. En todas las sociedades la sexualidad es y está en las relaciones sociales, en la economía, en las creencias, en las instituciones, y es fundamento de la política. La sexualidad es elemento organizador y núcleo de la identidad de grupos que se constituyen en torno suyo, como los géneros. El género hace referencia a un proceso histórico que involucra al cuerpo, y no a un conjunto fijo de determinantes biológicos, es una práctica social que refiere a los cuerpos, pero no se reduce a los mismos. En este sentido, el género como práctica social, responde a situaciones particulares y se genera dentro de estructuras definidas de relaciones sociales, en donde las relaciones entre personas y grupos organizados en el escenario reproductivo, forman una de las estructuras principales de todas las sociedades (Conell, 1997) .
Si bien, tal como se ha referido, la sexualidad ha sido regulada en todo tiempo y lugar, será en la época victoriana cuando los dispositivos de ―control sobre la sexualidad se instauren en las instituciones:

Todavía a comienzos del siglo XVII era moneda corriente, se dice, cierta franqueza. Las prácticas no buscaban el secreto, las palabras se decían sin excesiva reticencia, y las cosas sin demasiado disfraz; se tenía una tolerante familiaridad con lo ilícito. Los códigos de lo grosero, de lo obsceno y de lo indecente, si se los compara con los del siglo XIX, eran muy laxos. Gestos directos, discursos sin vergüenza, transgresiones visibles, anatomías exhibidas y fácilmente entremezcladas, niños desvergonzados vagabundeando sin molestia ni escándalo entre las risas de los adultos: los cuerpos se pavoneaban. A ese tiempo luminoso habría seguido un rápido crepúsculo hasta llegar a las noches monótonas de la burguesía victoriana. Entonces la sexualidad es cuidadosamente encerrada. (Foucault, 1976:9).

De esta manera en occidente se encierran los modos de experimentar la sexualidad, regulándolos a través de tres grandes instituciones: Familia, Iglesia y Estado, y no en los adolescentes, de allí, la moratoria social en conocerlos desde la sexualidad. La investigación se centrara en la idea mostrada en esta lectura.

Palabras claves: Adolescentes, Sexualidad, Enfermería Transcultural

No hay comentarios:

Publicar un comentario